Fuente: somosmafia.com

 

En la última década, el concepto de resiliencia ha ocupado un lugar central en el discurso de los think tank, los organismos internacionales y en la divulgación del pensamiento mágico de los libros de autoayuda, con claras afinidades hacia la ideología neoliberal. Se trata de soportar las adversidades y salir fortalecido de ello.

 

Sin embargo, existe otro paradigma de la resiliencia que no es el individualista -donde hagan lo que hagan con uno, se premia que lo soporte y se hace de esto una cualidad que lo designa- sino el paradigma comunitario. Mientras el primero tiene un origen anglosajón (conductista) o europeo (psicoanalítico), el segundo tiene un origen latinoamericano, y privilegia las formas colectivas de asociación y la transformación (no la adaptación) de las condiciones económicas, sociales y ambientales de la crisis ecológica que estamos atravesando.

 

No podemos confiar en la autorregulación de un sistema social que está llevando al planeta hacia un potencial de catástrofe; y ante esto se plantean, en el marco de las teorizaciones sobre esta Modernidad Tardía o Sociedad del Riesgo, diversas alternativas.

 

En primer lugar, nunca asistimos al “fin de la historia” como teorizaban los neoliberales en los años noventa, sino que se trata justamente de una aceleración de la historia que crea una realidad “posnatural” debido a las modificaciones que el actor humano colectivo (la sociedad global) ejerce sobre el planeta. En segundo lugar, se trata de trabajar el desafío de salvar el hiato entre la acción cotidiana local y la responsabilidad colectiva global, lo cual requiere modelos, fórmulas, satélites, sensores, Estados, ONGs, y otras figuras de la acción organizada, a fin de obtener con la participación de cada actor “local” una interpretación más realista de este auténtico teatro planetario.

 

Anthony Giddens propone una democracia dialógica en relación a un sistema de expertos, pero es Ulrich Beck quien va más allá con el concepto de subpolítica que presupone la articulación entre varios actores descentralizados (incluido el sistema de expertos) así como también un fortalecimiento de la sociedad civil (donde participan ciudadanos, opinión pública, movimientos sociales, etc.) para cambiar el poder desde abajo.

 

Consideramos que una modulación de ese fortalecimiento de lo social reside en la participación ciudadana como garante de una política justa, transparente y que rinda cuentas a la ciudadanía.

La “pobreza política” no permite la participación y lleva al individualismo y la indiferencia social, siendo esto uno de los antipilares de la resiliencia comunitaria.

 

Por lo tanto, no pueden existir ciudades resilientes en un contexto de pobreza política. La democracia participativa es un constructo de acción colectiva organizada, y como tal, viene a dar distintas “soluciones” a la apatía e indiferencia generalizada ante la cosa pública por parte de los ciudadanos que arrastra a las democracias modernas a la implosión de sus fundamentos y capacidades.

 

En la Argentina, en los últimos 10 años ha prevalecido el Presupuesto Participativo como expresión de la “ciudadanía no organizada”, como forma de participación “dirigida”, es decir promovida por instancias gubernamentales locales (y el gobierno nacional hasta 2015). En este camino de experiencias locales heterogéneas, se han cosechado éxitos y limitaciones en procesos y resultados. Entendemos que para no reducir el Presupuesto Participativo a la expresión de demandas de corte vecinalista (securitarias, obras y servicios públicos, cultura y educación, ordenamiento urbano, etc.), este debe constituirse como una herramienta de gestión participativa del riesgo, generando esquemas permanentes de acción colectiva que puedan no solo articular demandas y establecer resultados concretos de corto plazo, sino que -recuperando su sentido estratégico- promuevan formas de sociabilidad y reflexividad organizacional sobre los alcances y restricciones de la acción organizada y la cooperación social, generando un tejido fortalecido de gestores territoriales del riesgo social y ambiental.

 

En base a la formulación de un nuevo sentido estratégico, se estará en condiciones de replantear el problema de como los actores sociales, por medio de constructos permanentes, redimensionan la escala y el pasaje de las interacciones cotidianas y rutinarias hasta los procesos de crisis política y cambio social que inevitablemente se forjarán en el camino de la participación.

 

Todavía podemos desviar el curso de la catástrofe.

 

 

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