• Leonardo Avritzer - Universidad Federal de Minas

La democracia más allá de la agregación: la dimensión participativa de la esfera pública


Resumen[1]


La teoría democrática ha pasado por dos desarrollos importantes en los últimos 20 años: el primero de ellos, la Democracia Deliberativa, es una crítica al enfoque agregativo de la democracia que ha dominado la teoría democrática desde la post-guerra. En lugar de la agregación a través de elecciones, la Democracia Deliberativa propone diferentes formas de mejorar la calidad de la democracia a través del razonamiento y la argumentación públicos. La segunda innovación en el debate democrático es la reciente teoría de la representación que asume que es necesaria una renovación de la representación con el fin de reconstruir la calidad de la democracia. Ambos desarrollos en la teoría democrática comparten un supuesto básico: que hay una crisis de la democracia y que esta crisis está vinculada a la falta de calidad en la formación de la voluntad política. La Democracia Deliberativa y la Nueva Teoría de la Representación difieren en dos cuestiones importantes, una teórica y otra práctica. Teóricamente, van más allá de la oposición entre la representación y la participación en un intento de ir más allá de Hobbes y Rousseau. En un nivel práctico, difieren en el rol de la participación en el proceso de mejora de la calidad de la democracia. En este artículo, propongo un modo diferente de ir más allá de Rousseau que preserva la dimensión de la comunidad de iguales. Mi propuesta consiste en integrar la participación y la representación mediante un nuevo diseño. Este nuevo modelo, el que está siendo ampliamente implementado por los gobiernos de todos los países en desarrollo, parece más prometedor, ya que puede aceptar la crítica desde el plano soberano de la participación sin renunciar a su dimensión de la igualdad. Porque es sólo a través de la expansión de la igualdad política, de la participación y representación, que las democracias contemporáneas podrán superar su crisis de legitimidad.


Palabras clave: democracia, democracia deliberativa, representación, participación.


Introducción


En los últimos veinte años, la teoría democrática ha estado atravesada por dos grandes desarrollos. El primero de ellos fue la Democracia Deliberativa (Cohen, 2000; Dryzek, 2000; Gutmann y Thompson, 2004; Fung y Wright, 2003), que es una crítica al enfoque agregativo de la democracia que ha dominado la teoría democrática desde la post-guerra (Przeworski, 2010). En lugar de la agregación a través de elecciones, la Democracia Deliberativa propone diferentes formas de mejorar la calidad de la democracia a través del razonamiento y la argumentación públicos (Habermas, 1995; Cohen, 1997; Gutmann and Thompson, 2004). La segunda innovación en el debate democrático, es la reciente teoría de la representación que asume que es necesaria una renovación de la representación con el fin de reconstruir la calidad de la democracia (Urbinati, 2006; Warren and Urbinati, 2008; Alonso et al, 2010). Ambos desarrollos en la teoría democrática comparten un supuesto básico: que hay una crisis de la democracia y que esta crisis está vinculada a la falta de calidad en la formación de la voluntad política. En este sentido, ambos debates hacen foco en la declinación de la participación en elecciones y la desconfianza del ciudadano moderno en sus instituciones políticas, pero aquí es donde finaliza su consenso compartido (Rosanvallon, 2009).


La Democracia Deliberativa y la Nueva Teoría de la Representación difieren en dos cuestiones importantes, una teórica y otra práctica. Teóricamente, van más allá de la oposición entre la representación y la participación en su intento de ir más allá de Hobbes y Rousseau (Hobbes, 1968; Pitkin, 1967; Manin, 1987 y 1997). Thomas Hobbes inauguró el concepto de representación en la teoría política moderna a través del establecimiento de una dicotomía entre representantes y representados. Su solución fue usar la cesión como el medio para superar esta dicotomía. Jean Jacques Rousseau rechazó la representación asimilándola a la esclavitud. En los actuales debates teóricos aparecen dos grandes desarrollos, aunque no conducen al mismo lugar. Una línea de análisis, dirigida por Nadia Urbinati y Mark Warren, rechaza la crítica de la representación de Rousseau por completo. Urbinati, por ejemplo, propone un marco que se aleja de Rousseau y Hobbes poniendo mayor énfasis en el concepto de juicio político (Urbinati, 2006). La idea de juicio político proviene de Kant e intenta ser una sustitución del concepto rousseauniano de soberanía. Esta idea asume que la legitimidad de la acción política requiere el juicio de los actores representados. Para Urbinati “…las acciones políticas consisten en la búsqueda de leyes que regulen la relación transitiva entre actores y beneficiarios de la ley, no sólo un cambio físico en el acto de decisión” (Urbinati 2006: 104).


En una segunda línea de análisis, Joshua Cohen propone una reconstrucción de la teoría rousseauniana de la comunidad de iguales. Para Cohen, el elemento clave de la concepción de la soberanía en Rousseau es la idea de igualdad y no la crítica de la representación. En este artículo, a partir del trabajo de Cohen, demostraré que la crítica de Urbinati a Rousseau elimina la dimensión de la igualdad de la política, su modelo político de representación basado en el juicio político resta importancia a la igualdad. Propongo una manera diferente de ir más allá de Rousseau conservando la dimensión de la comunidad de iguales (Cohen, 2010). Mi propuesta consiste en la integración de la participación y la representación a través de un nuevo diseño. Este nuevo modelo, el cual está siendo ampliamente implementado por los gobiernos de todos los países en desarrollo, parece más prometedor, ya que puede aceptar la crítica desde el plano soberano de la participación sin renunciar a su dimensión de la igualdad. Porque es sólo a través de la expansión de la igualdad política a través de la participación y representación que las democracias contemporáneas podrán superar su crisis de legitimidad.


Hay una segunda, y más práctica, división dentro de éste debate: ¿cuál es la forma de mejorar la calidad de las democracias realmente existentes? La democracia deliberativa señala en este sentido a dos dimensiones que pueden mejorar el ejercicio de la democracia. La primera, es una dimensión pública que puede ser entendida como una esfera de debates públicos informales (Habermas, 1989 y 1995; Calhoum, 1992). La esfera pública ayuda en la generación de debates públicos y en la renovación del stock de prácticas democráticas es a menudo limitada a los partidos políticos. Una segunda dimensión en el proceso de mejora de la democracia es buscar nuevos formatos institucionales que pueden mejorar prácticas que son, frecuentemente, devaluadas en las democracias contemporáneas (Cohen, 1997; Fung and Wright, 2003; Avritzer, 2002 and 2009). El compromiso cívico y los formatos participativos que incluyen a los actores de la sociedad civil son las dimensiones más importantes de la renovación institucional. Aunque la literatura sobre la democracia deliberativa no se involucra directamente con el problema de la representación, se reconoce que la mejora de las instituciones representativas puede ocurrir a través de nuevas formas de participación.


Este artículo está dividido en dos secciones. En la primera, reconstruyo los fundamentos teóricos de ambas concepciones de la democracia: la democracia deliberativa y la reconstrucción de la representación (reconstructing representation). Muestro cómo el trabajo de Rousseau es el elemento clave que las separa. Demuestro que las actuales críticas a la mirada rousseauniana de la representación son insuficientes porque no incorporan la igualdad en sus nuevas teorías de representación. En la segunda parte del artículo, desarrollo una solución específica para la crisis de legitimidad de la representación (Rosanvallon, 2009) propuesta según diferentes teorías. Específicamente, discuto con la propuesta de Urbinati de la expansión temporal de la representación y la comparo con los diseños híbridos con la participación de la sociedad civil que han sido propuestos por los teóricos de la deliberación (Fung, 2006; Baiocchi et al, 2011; Avritzer, 2009).


Mi punto de vista es que la expansión temporal de la influencia no puede ser considerada la única razón para la actual crisis de representación. Mostraré, de dos maneras, los límites de este planteo. En primer lugar, mostraré que el recuerdo, que es un instrumento para la expansión temporal de la representación, no está mejorando la calidad de la democracia donde ha sido introducida (Garret, 2005). En segundo lugar, los experimentos de participación en el mundo en vías de desarrollo que han conectado participación y representación como por ejemplo el presupuesto participativo o las conferencias nacionales en Brasil (Avritzer, 2002 y 2011; Baiocchi, 2005; Wampler, 2007 y 2011) muestran que la dimensión participativa de la participación no puede ser subestimada en el proceso de reconstrucción de la legitimidad democrática.



De Hobbes a Rousseau: una revalorización de la participación política


La teoría democrática por mucho tiempo entendió a la representación y la participación como miradas políticas opuestas y contradictorias (MacPherson, 1973; Patenam, 1980). Aquellos que estaban a favor de la participación se oponían a la representación. Esta fue considerada la principal enseñanza del trabajo de Jean Jacques Rousseau, quien hizo de la representación el equivalente a la falta de autonomía (Rousseau, 1997). Por otro lado, aquellos que defendían la representación no abrieron ningún espacio para la vinculación de lo representativo con un colectivo de ciudadanos, excepto como un acto de responsabilidad electoral (Pitkin, 1967). El debate reciente sobre representación y participación se ha corrido más allá de esta oposición. En esta sección abordaré este debate en orden para evaluar de modo diferente autores, tal como Urbinati y Cohen analizan el trabajo de Rousseau.


La teoría moderna de la representación y sus importantes observaciones sobre la participación tienen sus orígenes en el Leviatán de Thomas Hobbes. En el Leviatán, Hobbes trató de establecer la base de una concepción no-religiosa capaz de liberarse de la doctrina cristiana. El autor examinó dos principios seculares sobre la noción de representación. El primero proviene de la Antigua Grecia con la idea de prosopon, esto es, la sustitución de una persona por otra en el teatro. El segundo proviene de Roma, con la idea del procurador en Cicerón (Pitkin, 1967). En este caso, el procurador representa a un cliente[2] mientras lleva a cabo tres roles distintos “…el mío, el de mi adversario y el de juez…” (Ciceron, 1942). Estos son los dos orígenes del concepto moderno de representación (Pitkin, 1967).


Hobbes trabajó profundamente sobre de la idea de representación de Cicerón, que involucraba dos elementos: identificación y cesión. El procurador se identifica a sí mismo con la condición de representado previo a representar al individuo, creando una relación de afinidad entre ellos. Sin embargo, desde la perspectiva de Hobbes solo la cesión cobró relevancia, a diferencia del enfoque dual. En el capítulo XVI del Leviatán, el autor realiza la siguiente afirmación: “…De las personas artificiales, algunas tienen sus palabras y acciones apropiadas por quienes las representan. Entonces, la persona es el actor, y quien es dueño de sus palabras y acciones, es el autor. En este caso, el actor actúa por autoridad…” (Hobbes, 1997:125).


Por lo tanto, el trabajo de Hobbes ofrece los elementos principales tanto para una teoría de la representación como para una teoría de la participación (aunque estos aspectos reciben menos atención). Hobbes utiliza el término “acción” para designar todos los actos realizados por los individuos; éstos pueden ser directos, así como transferidos por un acto explícito de cesión. “…Porque lo que con referencia a bienes y posesiones se llama dueño […] respecto a las acciones se denomina autor. Y así como el derecho de posesión se llama dominio, el derecho de realizar una acción se llama AUTORIDAD…” (Hobbes, 1997:125). En consecuencia, reduce el problema de la representación en un problema de autorización. ¿El autor se refiere a si el actor o el agente político tiene la autorización para actuar en nombre del representado? La formulación de Hobbes creó una nueva perspectiva en la teoría política centrada en el problema de la autorización.


Otro elemento fundamental en la teoría de la representación de Hobbes es que distingue entre el autor limitado y el autor libre. Hanna Pitkin observó tiempo atrás en pasajes fuera del Leviatán, especialmente en el libro De Cive (Sobre el Ciudadano) en el cual Hobbes discute este aspecto, y realizó la siguiente afirmación: “…En Inglés vulgar usamos la palabra [persona] en el mismo sentido, diciendo de aquel que actúa en virtud de su propia autoridad, que es su propia persona, y del que obra con la autoridad de otro que es la persona de ese otro...” (Pitkin, 1993: 455)[3]. En este caso, debemos volver nuestra mirada sobre tres cuestiones diferentes: ¿Cuál es el significado de asumir o renunciar a la autoría de ciertas acciones? ¿Cómo y cuándo deben individuos renunciar a la autoría de algunas de sus acciones? ¿Cuáles son los tipos de acciones que son más susceptibles a retirar la autoría y en cuáles de estas acciones las personas tienden a mantenerla? Aunque Hobbes no estaba demasiado preocupado con este tema (dado que él estaba interesado principalmente en el establecimiento de la legitimidad de la transferencia de la autoría, y como tal, capaz de establecer el poder soberano legítimo), este tema es muy importante para la teoría política contemporánea porque se acerca a los límites de la representación y se dirige a aquellas situaciones en las que los actores no están obligados por la autorización: “…todo lo que se ha dicho, previamente, respecto a la naturaleza de los pactos entre hombres en su condición natural, es cierto también cuando se realizan entre sus actores, representantes o procuradores…” (Hobbes, 1997:126).


Ciertamente, en lo que se refiere a la representación, el problema hobbesiano se limita al acto de proporcionar la legitimidad de los pactos firmados entre representantes y actores. Sin embargo, la teoría democrática contemporánea no necesita detenerse donde Hobbes se detuvo. Más bien, podemos usar su trabajo para darnos pistas sobre cómo desarrollar una teoría de la participación de la sociedad civil. Es importante destacar que vemos que las políticas democráticas necesitan ambos, el representante y el actor libre, que en lugar de delegar la representación de los actos de uno decide convertirse en responsable de ellos. Así, cuando un actor actúa por su propia cuenta, está también actuando en nombre de otros actores; esto no significa que no haya representación, sino que es tanto participación directa como representación. Este es el punto del que me ocuparé en el resto del artículo.


La teoría de la representación puede ser abordada de dos maneras distintas. En primer lugar, la representación adquiere una dimensión lógico-hipotética; esto es, la representación de la soberanía es deducida lógicamente a partir de una situación no-empírica. Sabemos que no ha habido un pacto originario. Su carácter vinculante es asumido lógicamente. No existe institución política capaz de instituir el acto de representación. El debate que rodea este aspecto de la representación, por lo tanto, se redujo a la discusión en torno de la legitimidad del contrato social en el proceso de la constitución de los gobiernos. El contrato social, en este caso, constituye un simple acto hipotético.


Hay una segunda posibilidad que tanto los comentaristas de Hobbes como sus críticos (MacPherson, 1962) frecuentemente pasan por alto. Hobbes utiliza la teoría del contrato social para proponer una teoría unificada y monopolista del Estado. De acuerdo con Hobbes, el Estado tiene el monopolio sobre lo político, que excluye sólo el derecho del individuo a vivir. Para Hobbes el principal elemento de la representación es la idea de que se asigna al soberano la autorización para actuar como un cuerpo político unificado. En este sentido, la representación es el acto que le otorga al Estado el monopolio por sobre los ciudadanos sin la necesidad de recurrir a la religión (Pocock, 1993). El objetivo de Hobbes es establecer la legitimidad y unidad de la soberanía. Sin embargo, no excluye el elemento de participación y no tiene en mente el problema de la igualdad. Ambos temas son retomados por Rousseau en su crítica de la representación.


El problema de Rousseau es similar y a la vez diferente del problema hobbesiano. Este problema, como quedó explicitado más arriba, se enfoca en cómo explicar la capacidad del Estado para actuar, a lo cual respondió con su teoría sobre la autorización política. El problema de Rousseau es similar: cómo puede un régimen político legitimarse (Rousseau, 1997:41). Su punto de partida es diferente del de Hobbes, ya que propone que no todos los Estados tienen la legitimidad del acto, que el hombre ha sido libre previo a la emergencia del régimen político y que tal régimen es una necesidad debido al hecho que el Estado primitivo en que todos los individuos eran libres ya no podía sostenerse (Rousseau, 1974:49). Para Rousseau, el hecho es como crear una forma de dominación política en que la soberanía sea al mismo tiempo entregada a una asociación común y mantenida a través del acto de ser parte del cuerpo soberano. Es en su respuesta a este problema que Rousseau se volvió como un reconocido crítico de la representación[4].


Rousseau respondió al problema de la legitimidad del orden social proponiendo una noción de contrato social en la cual el individuo posee tres condiciones diferentes: como un individuo, como un miembro de un grupo colectivo y como un miembro de un subconjunto de la población (Stanford, 2010). Es en esta condición que el individuo se relaciones con un soberano, creando una institución en que todos están unidos en un cuerpo. Un cuerpo de un tipo muy específico “… el cuerpo político o el soberano ya que debe su ser a la santidad del contrato, nunca puede obligarse a sí mismo, incluso hacia otro, a cualquier cosa que sea contraria a la ley original…” (Rousseau, 1997:52). Aunque esto no es todo lo que Rousseau escribió sobre la soberanía y la representación, se podría decir que la crítica del autor está basada en estas observaciones. En su centro, se sugiere que el contrato social está limitado y acotado, y que ningún individuo está obligado a alguna cosa que no esté previsto en el momento de la firma del contrato[5].


Rousseau provee dos críticas de la representación. La primera de ellas es su conocida observación sobre la imposibilidad de la alienación de la soberanía. Para él, “… la soberanía que no es más que el ejercicio de la voluntad general nunca puede ser enajenado y que el soberano que no es más que un ser colectivo solamente puede ser representado por sí mismo. El poder bien puede ser transferido pero no la voluntad…” (Rousseau, 1997:57). La crítica rousseauniana de la representación es una base sólida, más allá de que muchos autores hayan sobreestimado este comentario en la obra de Rousseau[6]. Mi propuesta es proceder más cautelosamente. Sostengo que él está solamente hablando de la voluntad general y no de la transferencia del poder que la mayoría de las veces están implicadas en la formación de la representación.


Hay una segunda expresión de Rousseau sobre el sistema electoral británico que también ha generado un gran debate sobre los límites de la representación. Rousseau señala que las elecciones no generan legítimamente la transferencia de la soberanía desde el pueblo a los representantes electos: “… El pueblo inglés piensa que es libre. Está muy equivocado, es libre sólo durante las elecciones de los miembros del parlamento, tan pronto como ellos sean elegidos, es esclavizado, no es nada…” Las observaciones de Rousseau pueden entenderse como una aguda critica de la representación debido a la forma en que se emplea la analogía con la esclavitud.


Nadia Urbinati planteó una serie de críticas a la mirada rousseauniana de la representación al señalar dos aspectos de su teoría que parecen incompatibles con una mirada pública de la política, la denominada concepción contractualista de la soberanía y el modelo privado de la política. Urbinati está en tierra firme cuando plantea que para Rousseau el modelo de soberanía de la voluntad general es un modelo privado basado en la teoría del contrato (Urbinati, 2003). Los individuos tienen soberanía o no y si ellos la transfieren devienen esclavos, tal como claramente señala Rousseau. Este es el centro del modelo de contrato privado. De acuerdo con la autora, “… razonando desde la perspectiva del paradigma privado de la representación, Rousseau afirmó correctamente que la libertad política reduce la mirada de la relación ciudadano/estado a un contrato de enajenación o de transmisión ilegítima…” (Urbinati, 2006:130).


Sin embargo, Urbinati no distingue lo suficiente entre la mirada rousseauniana de la esclavitud y su visión de la tradición contractual. De acuerdo con Cohen (2010), el contrato social de Rousseau tiene una fuerte condena moral a la esclavitud. En este sentido, su mirada sobre la naturaleza privada de la representación no puede ser fusionada con su mirada sobre el contrato. Como consecuencia de su crítica al abordaje que hace Rousseau a la alienación, Urbinati parece perderse aquella distinción y la conduce a subestimar el elemento de la participación.


La crítica de Nadia Urbinati a Rousseau puede ser resumida tomando los dos elementos críticos a la vez. Ella observa correctamente que Rousseau usaba el concepto de alienación como la razón principal por la que la soberanía no puede ser transferida. Sin embargo, dejó de lado dos dimensiones importantes de la obra de Rousseau. Se perdió el hecho de que el uso de la palabra alienación y esclavitud provienen de diferentes partes de la obra; y también que mientras el juicio a la representación emerge al final de la tercera parte del contrato social, la crítica referida a la soberanía aparece al principio del libro dos (Rousseau, 1997:114; Cohen, 2010). Por lo tanto, el primero es más un señalamiento de principio y el segundo es una observación específica sobre un sistema de gobierno que tiene que ser diseñado de manera compatible con otros señalamientos menos críticos de la representación (Frailin, 1978). Así, Urbinati rechaza el todo por la parte, cuando descarta la noción rousseauniana de voluntad general. La consecuencia es que ignora la observación de Rousseau sobre la igualdad política.


El segundo problema importante con el modelo de Urbinati es que reconstruye la representación desde una teoría del juicio político (Urbinati, 2006; Urbinati and Warren, 2008: 398). De acuerdo con Urbinati, el juicio político provee a la expansión temporal de la representación. Esto y no la deliberación es lo que provee la base para la reconstrucción del concepto (Urbinati, 2006). Urbinati trata de integrar las elecciones dentro de un concepto más amplio de juicio político, que implicaría otras temporalidades y la posibilidad de revocar la autorización. A pesar de su brillante crítica que contempla los límites del concepto de la representación electoral, la contribución de Nadia Urbinati a la discusión se torna incompleta debido a un problema: ella no es capaz de pluralizar las fuentes que generan el juicio político en un modo que integre las formas de participación con el concepto que ella está proponiendo. Basada en Condorcet, propone dos formas de expansión la representación: expansión temporal, a través del referéndum para revocar un mandato y la posibilidad de revisar las leyes (ídem: 205-206). Ambas propuestas son importantes y ya son parte de instituciones del mundo anglosajón; pero ninguna de estas propuestas parece estar ni siquiera cerca de una respuesta a los desafíos planteados a la democracia representativa contemporánea (Alonso et al, 2011). La mayor parte del modelo de reconstrucción de la representación queda atrapado en una jerarquía entre representantes y no representantes, que excluye lo que Rousseau y Cohen denominaron la “comunidad de iguales”.


Pienso que es necesaria una crítica más equilibrada de la obra de Rousseau para avanzar hacia una mirada útil de la representación. Esta mirada podría empezar con la crítica de Urbinati al modelo contractual, porque es posible renunciar a la soberanía sin convertirse en un esclavo. El modo para hacer esto es continuar participando en política. Este es el núcleo de igualdad remarcado por Cohen en la obra de Rousseau: todos son iguales en su capacidad de participar. Para estar seguros, Urbinati y Warren tratan de proteger la dimensión de la igualdad política cuando ellos acuerdan que un núcleo deliberativo de democracia es: “decisiones colectivas que afectan la autodeterminación deberían incluir a esos afectados…” (Urbinati and Warren, 2008:395). Sin embargo para Urbinati y Warren inclusión significa una categoría genérica que completa la norma de una autonomía democrática a través de la integración abstracta de todos los intereses. No hay un diseño político para la participación en esta observación.


Entonces, podemos ver que a mayor nivel de análisis de aspectos de la obra de Hobbes y Rousseau surge la necesidad de ir más allá de la reconstrucción de la representación a través del juicio político como dos caminos relacionados entre representantes y representados (Urbinati and Warren, 2008: 406). Desde mi punto de vista, la concepción de Urbinati y Warren elimina la acción política de la dimensión de la política. Además, ellos olvidan la dimensión de la igualdad política que Rousseau incorpora a la teoría democrática a través del foco sobre la participación. En el próximo apartado de este artículo, discutiré el desafío contemporáneo de las democracias y mostraré cómo las nuevas innovaciones en teoría democrática requieren de una re-evaluación de la participación política.



La crisis de la representación política y la reconstrucción de la legitimidad


La crisis de representación es un fenómeno bien conocido. En democracias avanzadas y consolidadas, la participación electoral ha decrecido, tanto en los Estados Unidos como en la mayoría de los países europeos (Schmitter and Trechsel, 2004). Esto implica que las democracias consolidadas enfrentan problemas similares que las democracias no consolidadas. La identificación con los partidos políticos, que solía ser una parte importante de la legitimidad de la mayoría de los gobiernos, está decreciendo y los partidos políticos casi han dejado de existir en las democracias consolidadas, como Italia (Morlino, 2001). Las democracias consolidadas tal como los Estados Unidos han tenido crisis electorales y disputas legales en torno a los resultados de elecciones, un hecho que no ha sido parte de las prácticas del gobierno representativo (Alonso et al, 2010). Finalmente, hay un incremento del poder de lo que se denomina “autoridades imparciales”. En todas las democracias avanzadas un alto número de decisiones son tomadas por funcionarios no electos, tales como jueces o procuradores (Cohen, 1997; Knight and Johnson, 1994). Todos estos aspectos en conjunto señalan en dirección de un declive del gobierno representativo entendido como la capacidad para gobernar sancionado por la mayoría electoral.


Ambos debates, sobre la democracia deliberativa y la reconstrucción de la representación han abordado la cuestión de la declinación de la legitimidad del gobierno representativo. La democracia deliberativa aborda este problema argumentando que la declinación de la calidad del proceso político es debido a las actuales herramientas usadas para tomar en cuenta las opiniones de los ciudadanos. Para la democracia deliberativa, la agregación electoral plantea un problema significativo para la democracia porque privilegia la misma por sobre la calidad del debate político (Cohen, 1997; Knight y Johnson, 1994). El problema de cómo mejorar la calidad de la agregación se convierte en la preocupación central de la democracia deliberativa. Como Smith y Wales argumentan, “… los procedimientos de toma de decisiones no sólo deben preocuparse por la agregación de preferencias, sino también por la naturaleza del proceso a través del cual ella es formada. Todas las instituciones dan forma a cómo se toman las decisiones… La democracia deliberativa ofrece la posibilidad de una forma diferente de esa división, una en la cual el incremento de las oportunidades para la participación ciudadana sea a la vez deseable y realizable...” (Smith and Wales, 2000: 52). Este proceso de extensión política más allá de la agregación de mayorías sugiere muchas y nuevas estrategias de inclusión. Algunos autores argumentan a favor de una búsqueda de una asimilación entre “… acción y discusión…” (Fung and Wright, 2003: 5). Otros autores proponen un debate público sobre el valor de las diferencias (Gutmann and Thompson, 2004). Y otros proponen “… una participación activa… en los problemas concretos de políticas públicas…” (Hajer and Wagenaar, 2003:24). Por lo tanto, la crítica de la agregación por la democracia deliberativa implica moverse más allá del proceso electoral de agregación hacia el área de la conformación de las políticas públicas y la gobernanza democrática.


El proceso de ir más allá de la agregación electoral propuesta por la democracia deliberativa implica la búsqueda de nuevos diseños institucionales para el sistema político. La razón por la cual los nuevos diseños institucionales son importantes es que la democracia deliberativa asume que una asociación democrática tiene que, entre sus diferentes roles, buscar los diseños institucionales que más se acercan a los valores, intereses y preferencias de los ciudadanos informados.


La reconstrucción de la representación también tiene un diagnóstico y una respuesta a la crisis de la representación. En primer lugar, la concepción de la representación en esta corriente es más positiva que el diagnóstico provisto por la democracia deliberativa. Donde la concepción deliberativa de la democracia observa a la agregación como el principal problema de la formación de la voluntad política, el debate de la reconstrucción de la representación posiciona a la misma como una parte positiva del proceso de formación de las identidades y la conexión entre Estado y Sociedad: “…la representación se entiende para reflejar / interpretar / idealizar la identidad política naciente de reclamos sociales en una sociedad que debe permitir a los ciudadanos el mismo derecho a defender sus intereses y adquirir visibilidad discursiva. En suma, el desafío de la representación política en una democracia es nutrir la relación entre el conflicto social y el proceso de unificación política a fin de garantizar que una no sucumba a la presión de la otra…” (Urbinati, 2006: 35). Por lo tanto, el punto de partida de Urbinati es que no hay nada erróneo con la agregación política o electoral, o como ella denomina “…proceso de unificación de políticas”. El proceso de unificación de perspectivas políticas a través de un proceso de selección es un rol natural de la política. La forma en que la autora califica la representación es mediante la adopción de la postura habermasiana, según la cual la representación es un proceso deseable de agregación, pero tiene imperfecciones que se derivan del hecho de que es un proceso imperfecto. “… La representación es problemática… porque nunca puede ser corroborada y rendida en términos del representante que conoce realmente acerca de lo que quiere la gente, y porque las expectativas de los representados y los logros de sus representantes nunca corresponderán exactamente…” (Urbinati, 2006: 39). En este sentido, el problema con la representación es menos un problema político que uno cognitivo con una dimensión temporal.


Por lo tanto, nosotros podemos ver las diferencias entre ambas corrientes sobre los problemas políticos contemporáneos. La democracia deliberativa busca ir más allá de las formas actuales de agregación electoral porque entiende los límites de esas formas en la política contemporánea. Esos límites están directamente relacionados con la crisis de legitimidad de los sistemas políticos contemporáneos. En los últimos diez o quince años, han emergido muchas nuevas instituciones que, a un cierto grado, incorporaron la promesa de políticas más inclusivas, entre las que me gustaría destacar tres: Presupuesto Participativo, Consejos de Políticas Públicas y Conferencias Nacionales (Sintomer, 2010). Hay intentos realizados por las nuevas democracias de moverse más allá de la agregación electoral incorporando a los actores de la sociedad civil en el proceso de toma de decisiones en políticas públicas. Ya que el diseño de esas instituciones es diferente (Avritzer, 2012), describiré brevemente sus elementos deliberativos y participativos:


El Presupuesto Participativo es la más conocida de estas instituciones que fueron más allá de la agregación electoral, estableciendo un sistema abierto de asambleas regionales en la ciudad de Porto Alegre (Abers, 2000; Baiocchi, 2005; Wampler, 2007; Avritzer, 2009). La implementación de estas asambleas supuso que, a pesar de que hubo un proceso electoral para elegir al alcalde de la ciudad, el mismo no fue suficiente para garantizar la toma de decisiones sobre la distribución de los bienes públicos en los barrios de la ciudad. Las asambleas regionales fueron introducidas para establecer un proceso de deliberación y negociación sobre esos bienes. El Presupuesto Participativo innovó yendo más allá de la representación y la directa vinculación con la participación. Años después de una amplia participación, el Partido de los Trabajadores (PT), que introdujo el presupuesto participativo en Porto Alegre, tenía la representación de la alcaldía incrementada debido a que patrocinó amplias formas de participación. Por lo tanto, la reconstrucción de la participación tomó un lugar a través del presupuesto participativo mediante el aumento del tamaño y alcance de la participación y su posterior conexión con la representación.


Los Consejos de Políticas Públicas son la segunda institución que se debe tomar en cuenta por sus elementos deliberativos. La formulación de políticas públicas va más allá del gobierno e involucra una institución híbrida en la que el Estado y los actores de la sociedad civil debaten y participan en la toma de decisiones sobre esas políticas (Avritzer, 2009). Particularmente, en el área de salud, la toma de decisiones ha asumido este formato deliberativo a través del cual la deliberación es tomada a través de negociaciones entre el Estado y los actores de la sociedad civil. Actualmente, en Brasil hay más de 10.000 de estos consejos y más de 100.000 consejeros que hacen este formato tan importante como representativo a nivel local (Coelho Pereira, 2004; Cornwall, 2008). Cabe señalar que es importante tener en mente en este diseño el aumento de la legitimidad de la política pública a nivel local, lo cual está ligado al incremento en la deliberación y el control por parte de los actores de la sociedad civil. Ello en orden a aumentar la legitimidad de la participación que las instituciones representativas requieren.


El tercer diseño participativo utilizado hoy en Brasil son las Conferencias Nacionales. Hubo una expansión significativa de ellas durante las dos presidencias de Lula (2003-2010). Entre las 115 Conferencias Nacionales que han tenido lugar en Brasil desde 1941, 74 se realizaron durante las administraciones de Lula. Su gobierno estandarizó las Conferencias Nacionales: ellas fueron establecidas mediante un acto administrativo (“portaria”). Ellas involucran debates en los tres niveles de gobierno: local, estadual (provincial) y nacional. Todas las conferencias incluyen deliberaciones y recomendaciones al gobierno. Todas las decisiones de las conferencias se vuelven decretos ley firmados por el presidente. Las decisiones de las conferencias también se vuelven proyectos de ley o iniciativas legales del gobierno federal en algunos casos (Progrebinschi, 2010). Una vez más, podemos ver que un experimento participativo bien diseñado aumenta la legitimidad de la representación mediante la generación de nuevas formas de relación entre el cuerpo legislativo y la ciudadanía. En el caso de las conferencias nacionales, su decisión fue llevar al Congreso Nacional una nueva unidad para la legislación que haga que sea más legítimo para los actores de la sociedad civil.


Es importante señalar que estos experimentos se ajustan perfectamente al marco teórico de la democracia deliberativa sobre la crisis de representación. Los tres experimentos que presentamos más arriba asocian una crítica de la agregación electoral con una concepción de la deliberación. En todos los casos se incorporó un nuevo diseño institucional que implica participación, que puede variar en alcance e intensidad. Es más intenso en presupuesto participativo y más cualitativo en los consejos de políticas públicas. Sin embargo, es importante señalar que en los tres casos la participación es introducida para compensar la crisis de legitimidad de representación.


Por lo tanto, está bastante claro cómo la democracia deliberativa responde a la crisis de la representación. Lo hace buscando nuevas instituciones que agregan opinión en un modo diferente que las elecciones. Un alto grado de participación abierta en lugares no electorales para la deliberación ayuda a mejorar la calidad de la política. En este sentido, la democracia deliberativa apuesta a la aparición de las nuevas formas de política y su entrelazamiento con la representación para ir más allá de los límites actuales de la agregación electoral.


La reconstrucción de la representación busca rearmar la misma desde una perspectiva en la cual la agregación electoral no parece ser un límite de los sistemas políticos contemporáneos. Para la corriente de la reconstrucción de la representación, el problema se vincula a la naturaleza de la representación, es decir, al hecho de que los representados cambien sus puntos de vista en política. En este sentido, ningún nuevo diseño institucional que vaya más allá de la agregación electoral es necesario. Conforme a esta mirada, lo que se necesita es una mejor coordinación entre representantes y representados, que puede ser realizada mediante la proliferación de formas de auto-representación. En este sentido, la reconstrucción de la representación se queda con la dimensión jerárquica de la representación que ha caracterizado a gran parte de la literatura reciente (Manin, 1997). Contra este punto de vista, yo argumentaré en las conclusiones de este artículo que un abordaje capaz de recuperar el aspecto político de la “comunidad de iguales” es deseable y puede ser introducido a través de diseños más participativos.



Reflexiones finales: Hobbes, Rousseau y la crisis contemporánea de representación


El debate entre Thomas Hobbes y Jean Jacques Rousseau sobre la autorización política versus el establecimiento de una comunidad de iguales es aun relevante cuando pensamos acerca del debate entre la democracia deliberativa y la reconstrucción de la representación. Thomas Hobbes inauguró el concepto de representación en la teoría política moderna estableciendo una dicotomía entre representante y representados y ubicando a la autorización como el modo de superar dicha dicotomía. La teoría política contemporánea entiende que la representación es parte de la actual crisis de la legitimidad que ha afectado a las democracias contemporáneas (Rosanvallon, 2009). Por otro lado, Jean Jacques Rousseau identificó la dicotomía entre representado y representante haciendo de la alienación de la soberanía un acto equivalente a la esclavitud (Rousseau, 1997). Sin embargo, como argumento, podemos ir más allá de Rousseau criticando el modelo privado de renunciar a la soberanía presente en su obra pero manteniendo el foco en la igualdad, que apunta hacia la ampliación del ejercicio de la política. Esto no es meramente un debate teórico, pero en mi opinión él tiene una gran relevancia para los debates contemporáneos sobre la legitimidad de la democracia.


La democracia deliberativa y la reconstrucción de la representación son dos maneras de abordar los problemas de legitimidad tanto en democracias bien establecidas como nuevas. De hecho, mucho del debate entre la democracia deliberativa y la reconstrucción de la representación es también un debate sobre los nuevos espacios dentro de las democracias contemporáneas. La reconstrucción de la representación asume que hay un problema de legitimidad dentro de las democracias contemporáneas, pero que es resuelto dentro del marco de las prácticas establecidas en Estados Unidos y Europa en los últimos doscientos años. Esta es una de las razones por las que la reconstrucción de la representación descarta cualquier mejora de la democracia basada en la ampliación. Aún basa su análisis en las democracias desarrolladas y bien establecidas.


La democracia deliberativa, por otro lado, se basa tanto en las democracias consolidadas como en las nuevas democracias para buscar formas de superar la actual crisis de legitimidad. Esta corriente reconoce el rol de la sociedad civil en las democracias contemporáneas. Los actores de la sociedad civil, de acuerdo con la democracia deliberativa, también participan en la representación de temas y demandas en las instituciones participativas. Esta es una nueva manera de entender la política tanto en países en vías de desarrollo, como Brasil e India, como en los Estados Unidos, aunque en un modo muy limitado (Avritzer, 2008). Por lo tanto, esta nueva forma de representación está parcialmente basada en la “auto-representación” (para Warren), pero reconoce que existen diferentes modos de autorizar la representación.


Desde mi punto de vista, la representación de la sociedad civil puede ser justificada a través de una idea de autorización no electoral. A través de múltiples espacios de políticas públicas, las organizaciones de la sociedad civil creadas por los propios actores toman el rol de representantes en los municipios o en otros organismos responsables de políticas públicas. Esta situación es muy específica: por un lado, hay elecciones para estos representantes, como es el caso de las políticas locales de Brasil. El electorado que autoriza la representación está compuesto por profesionales en el área de la política pública; este grupo puede incluir, o no, asociaciones relevantes en el ámbito de las políticas públicas.


Además, puede haber individuos y grupos no organizados en asociaciones que pueden limitar su influencia en las deliberaciones. Este caso no tiene las características de la igualdad matemática de soberanía, tan importante en la idea de representación electoral, y no tiene el elemento territorial monopólico, dado que comparte su capacidad para la toma de decisiones con otras instituciones presentes en el territorio. Lo que es importante para este tipo de representación es que tiene su origen en una elección entre actores de la sociedad civil, más frecuentemente entre asociaciones civiles. Estas asociaciones tienen el rol de crear afinidades o identidades intermedias. En otras palabras, agregan solidaridades e intereses parciales en formas diferentes. Al agregar estos intereses, permiten una forma de representación por afinidad, que es diferente de aquella de la representación electoral de los individuos, aunque también implica una “autorización”. Estos grupos establecieron, junto con los administradores del Estado, un foro deliberativo para cuestiones relacionadas con las políticas públicas. Así, lo que es importante acerca de la representación no electoral es no solo que amplía la democracia, sino que también crea una nueva relación entre nuevas y viejas democracias.


Es posible observar los problemas del actual acercamiento de la reconstrucción de la representación a la democracia. Al abandonar el componente de la teoría democrática de la comunidad de iguales y al criticar la apertura que la democracia deliberativa tiene hacia la participación, la reconstrucción de la representación permanece rodeada de un antiguo modelo de democracia. En contraste con esto, he demostrado que la solución de la democracia deliberativa al problema de la representación ayuda a ampliar el alcance de la representación para incluir participación. Este nuevo diseño de democracia ampliamente utilizado en el mundo en desarrollo parece más prometedor porque puede aceptar la crítica a la dimensión soberana de la participación sin abandonar su dimensión de igualdad. Sólo a través del realce de la igualdad política, tanto a través de la participación como de la representación, las democracias contemporáneas podrán resolver su crisis de legitimidad. Sin embargo, para resolver esta crisis es esencial integrar nuevos modelos de democracia emergentes en el mundo en desarrollo.


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[1] Traducción de cortesía. Artículo originalmente publicado en el Journal of Public Deliberation: Vol. 8: Iss. 2, Article 10, 2012, con el título “Democracy beyond aggregation:the participatory dimension of public deliberation”.



[2] En la Antigua Roma, cliente refería a un individuo de rango socioeconómico inferior bajo la protección de un patrón de rango socioeconómico superior [Nota del Traductor].


[3] Pitkin utiliza la misma cita en: Pitkin, Hannah (1985). "El concepto de representación". Centro de Estudios Constitucionales. Madrid. La traducción de la misma fue tomada de esta edición. [Nota del traductor]


[4] Sin embargo, es importante prestar atención al hecho que Rousseau también se basó en el concepto de representación. Richard Frailin, en su brillante libro sobre el tema, señaló muchas partes de la obra de Rousseau en la que vio a la representación de una manera positiva. Para él, las objeciones de Rousseau a la democracia representativa eran esencialmente pragmáticas, lo que exponía un cambio de opinión, si debiéramos alguna vez percibir las asambleas representativas como más eficaces que las asambleas populares … hay abundante evidencia que esto es precisamente lo que sucedió (Frailin, 1978: 11).



[5] Es uno de los elementos que distinguió el Contrato Social en Rousseau y Hobbes. Para Hobbes, sólo hay una condición incluida al unirse en el pacto, la garantía de la vida provista por el soberano. Para Rousseau, todas las condiciones pre-existentes antes de la firma del contrato deben ser reservadas después (Hampton, 1988).


[6] Richard Frailin llamó la atención hace muchos años sobre el hecho indicado en particular en los escritos de Rousseau sobre el modelo ginebrino, que “… una sociedad con instituciones políticas saludables como círculos (cercles) y los festivales públicos podría crear cualquier institución política que necesite…” Joshua Cohen (2010) en su excelente libro sobre Rousseau realiza la misma observación (Urbinati, 2006; Urbinati and Warren, 2010).

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